EL LOCO VITO Y EL ALUVION DE HUARAS
En las alturas de Taricá, pueblito cercano a Huarás, vivía un hombre solitario, casi un anacoreta. Su hogar era una chosita de piedras y paja.
Se alimentaba con lo que la naturaleza le ofrecía, raras veces sembraba maíz para su consumo. Decían que hablaba con los espíritus de los dioses precolombinos y con los santos católicos.
Me gustaba visitarle, no pocas veces le encontraba hablando solo, al menos eso me parecía. El me decía que recibía de visitas de otros universos.
Sus relatos me fascinaban, hablaba con un lenguaje muy particular, a veces era difícil comprenderle, el se daba cuenta.
Se reía, escupía un líquido verde, de la coca que masticaba y me decía: “Niño… no te preocupes… después lo vas a entender todo” – Jajaiillaaa reía como un niño.
El loco Vito era todo un personaje por sus lares. Los pueblerinos del lugar creían que por la soledad en que vivía había perdido la razón.
Una tarde, decidí subir al monte a cazar palomas, al cruzar por un riachuelo no pude contener una sonrisa, mi imagen con la vieja escopeta relajándose en el agua asemejaba me a un ángel arcabucero. El bosque era tupido, entre los eucaliptos y los sauces revoloteaban palomas y picaflores.
Apunté con mi arma una.. dos.. y al tercer disparo que hice, apareció el loco Vito con las tres palomas que había derribado.
Con los ojos húmedos me dijo: “niño, no hagas esto, matar a las aves del Señor no es bueno” – “ellos tienen derecho a la vida” – “sin ellos los campos se verían tristes y silenciosos.”
La saliva que a duras penas se deslizaba por mi garganta, parecía llevar las palabras del hombre que tenía a mi frente.
“No te apenes niño – San Isidro les devolverá la vida, yo hablaré con el para que te perdone.”
Me invitó a su choza.
Mientras el conversaba con algunas plantas de maíz, aproveche para sentarme sobre un poyo de madera y aflojar los pasadores de mis botines. Me dispuse a compartir el resto de la tarde con el simpático loco Vito.
Sonriente se acercó trayendo unas cuantas mazorcas de choclo. Los colocó con tal destreza dentro de las brasas del fogón.
Sacó un atado de chala, lo colocó en el suelo. Se recostó encima adoptando la postura de los patricios romanos ante un suculento ágape.
Sonreí ante tal excentricidad, pero claro, se trataba de Vito; en sus devaneos alguna vez me contó que había participado en un convite romano.
“Mira niño, ¿te acuerdas del aluvión de Huarás? - ¡Sí claro! - le contesté.
“Te voy a contar algo que vi, para que tú después se los relates a tus nietos y estos a los suyos”.
“Cuando era joven subía a la cordillera para buscar hielo, ese era mi trabajo, cortaba grandes trozos, le echaba sal y luego los envolvía con ichu para que no se derritiera”,
“Tenía un burrito que me ayudaba con la carga” – “ bajábamos al pueblo para vender el hielo a los raspadilleros y heladeros”.
Mientras el hablaba las mazorcas crepitaban en las ascuas, Vito miraba de reojo y casi de memoria atizaba las brazas.
“Un día del mes de Diciembre de 1941, me encontraba por la cordillera recolectando champa y musgo para hacer los nacimientos, cuando un cóndor me dijo: ¡Vito – corre, acércate a la laguna de Cojup para que veas lo que está sucediendo!”
“Como era joven trepé rápidamente la morrena que rodeaba la laguna y ¡ pasu papá! lo que vi me hizo temblar como una hoja de papel –¡ me escondí tras un queñual para no ser descubierto!.”
El rostro del loco Vito parecía entrar en trance .
Hice una morisqueta inconsciente .
Al percatarse de mi gesto se incomodó y me dijo: “¡Niño, tú también crees que estoy loco!”
“No por favor – lo que pasa es que un mosquito me ha picado, le mentí.”
“Al llegar a la laguna”- continuó Vito - “lo que vi, me estremeció - ¡del fondo de una cueva salía un hombre descomunal! - traía en su mano derecha una filuda hacha y en la otra mano una enorme serpiente de dos cabezas.”
Vito se incorporaba vertiginosamente y luego se calmaba.
“¡El suelo rugía! – ¡con el hacha, derribaba grandes bloques de hielo y las serpientes la arrojaban dentro de la laguna! – como si fuera un alud, la cordillera temblaba, ¡tenía que sujetarme al árbol para no caer!
“ Las aguas comenzaron a agitarse - las truchas saltaban asustadas - los coshurus se desparramaban como bolitas de chiptas .
¡El cielo oscureció, y bunrun…bunrurun… las aguas como encabritadas salieron con fuerza de mil demonios por la quebrada llevando a su paso todo lo que encontraba!
El rostro vehemente de Vito cambiaba de colores, desde la alba palidez hasta el rojo rubor del éxtasis.
¡Era el aluvión niño!
“Como votando humo, bajaba hacía la ciudad de Huarás.”
¡El gigante con su hacha derribaba todo cuanto encontraba en su camino! - se zambullía en el agua y volvía a salir ladrando y rugiendo asustando a los hombres que corrían despavoridos ante la arremetida de las aguas negras y lodosas.”
“En la parte alta de la ciudad , encima del castillo de Pumacayán, aparecieron dos niños, eran San Sebastián y el Señor de la Soledad santos protectores de los huarasinos, quienes ante los ruegos desesperados de los pobladores fueron a hacer frente al titán que guiaba el aluvión.”
“Después de una lucha titánica entre los santos protectores y el gigante y sus serpientes, lograron desviar el aluvión que siguió el lecho del río Quilcay.”
“Así salvaron la ciudad antigua de Huarás”
Y después que sucedió – le pregunté curioso y asombrado.
“En el fragor de la lucha, los niños protectores lograron herir al monstruo y a sus serpientes que cuando llegaron al rio Santa se fueron debilitando y dando los últimos halitos fueron a morir en el mar”
“Desde ese día ya no volví más a cortar hielo, tenía miedo encontrarme con el ánima de ese monstruo.”
El loco Vito pausadamente se levantó de la chala, introdujo sus manos al fogón y extrajo las mazorcas de maíz algo chamuscadas, le sonreí, entonces él me dijo –“No te preocupes niño, no está quemado” – en efecto cuando iba despancando salía un aroma a choclo asado.
Compartimos los choclos con el queso que traía en mi morral, Vito cogía los rocotos de la mata y los comía como si fueran pimentones.
Sin decir una palabra más, cogió a las tres palomas que había cazado, dio unos pasos y mirando hacía un mundo desconocido se puso a conversar en lenguas que no pude entender, supuse que era un ritual en el cual yo no debería estar presente.
Tomé mi morral y mi escopeta y me retiré sigilosamente.
Allá quedaba el loco Vito en su mundo solitario y creo que feliz.







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