EL CUY ALEGRE - primera parte
Recordando la historia de los pueblos; creo que esta, en particular, tiene una relevancia que va más allá de la anécdota y se convierte en parte de la mitificación de personajes provincianos que llegan a tener una presencia relevante en su entorno, y a la vez, se vuelven atemporales por sus cualidades personales y la influencia que ejercen sin proponérselos en las siguientes generaciones.
Huarás, 1960, Alfredo para los amigos y niño Alfredito para el personal de servicio.
Este ñatito ( no porque tenga el apéndice nasal detrás de los pómulos, más bien el trato coloquial de los antiguos hacia los niños, igual como en Arequipa suelen decirles coritos y en las selvas norteñas, los churres) cursaba el quinto año de primaria con 9 años calendarios.
El imberbe en mención era un pillete de vuelta y media, de apariencia tranquila, sin llegar a ser motolito; era un burlador y chacotero como no se encontraba otro igual a muchos kilómetros a la redonda.
De fácil y ágil palabra, tenía una chispa más acelerada que los automóviles transandinos. Para poner chaplines o apodos era el mejor. Para ridiculizar a los desprotegidos no había otro.
Era un maldito. Pero si le tasabas, la pinta era todo un monaguillo (que por cierto en muchas procesiones católicas le podías encontrar con su sotanilla blanca sobre faldón rojo; todo un santito el breva).
El profesor Salazar al pasar la lista mencionaba el nombre de un compañero de clases; él presuroso y con saludo casi militar contestaba ¡presente!
Y entre carpetas y cuadernos se escuchaba casi como un susurro “maticuello”.
Los compañeros aguantaban la risa, sabían quién había dejado resbalar el apodo que llegaba a retumbar en los oídos de los estudiantes, chocando en las paredes, deslizándose por los vericuetos de las carpetas hasta llegar a los tímpanos bien templados de los cómplices de este singular pillete.
Maticuello, (mati = mate) palabra quechua español, llamase así a las personas que tienen los hombros cerca de las orejas o los que tienen el cuello corto.
Para los quechuablantes el sentido conceptual es sumamente gracioso, en traducción literal en casi todas las veces no tienen la misma de significación.
Camilito, personaje de contextura gruesa para la edad que indicamos, considerado pituco provinciano, era para el gusto de Alfredo un chiquillo simplón y de apariencia casi cómica.
Sub.-oficial Mejía, instructor del curso de PRE- militar, un hombre joven de mejillas coloradas y ojos claros que había sido destacado como profesor de instrucción PRE-militar. (Estas características no son gratuitas, sucede que en la provincia se ponderaba muy bien a las personas que venían de Lima y si estos eran blancos y de ojos claros tanto mejor)
Este personaje después terminó como galancete de las señoritas en edad de casamenteras.
Una mañana soleada de invierno, teníamos prácticas de marcha y sus respectivas variantes.
La formación impecable, los muchachos con sus cristinas almidonadas sobre sus sienes, la corbata en su lugar, los botones en sus ojales respectivos, en fin el uniforme bien planchado y almidonado.
La mirada al frente, silencio absoluto, los talones juntos y claros los zapatos bien lustrados, o sea chiches, mismo cadetes.
Alumno Camilo, un paso al frente.
¡ Si mi suboficial ¡
(La sonrisa asomaba a los labios de Alfredo).
Hágame media vuelta sobre la marcha.
Camilo comienza a marchar con paso marcial, casi como un alemán con paso de ganso, pero este amigo era tan ganso, que se equivoca al dar la media vuelta y hace un giro por demás cómico, que Alfredo luchaba por no reír.
Los labios de mis compañeros resoplaban más por el sol que por el espectáculo; Alfredo hacía esfuerzos sobrehumanos para no reír, pensaba en apariciones, en ánimas en pena, perros bravos a la caza de sus pantorrillas.
Pero nada de eso pudo detener que de sus labios apretados pudieran escapar unos sonidos que se extendieron en ese silencio de marcialidad que nos provocaba las clases de instrucción PRE militar.
Alfredo apretaba los glúteos, estiraba los dedos, trataba de contener ese movimiento de las tripas que presienten que su amo tiene problemas.
Al fin sin poder controlador de sus emociones, apretó los maxilares para no reír; pero resulta que la risa venía incontenible y se filtró de entre sus dientes rebotando en los labios y exteriorizando con un sonido raro pero a la vez familiar en los predios íntimos.
Juic…juic… juic…
Las mejillas de suboficial se encendieron y pregunto: ¿quien es el alumno de risita de cuy?











