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EL CUY ALEGRE - primera parte

Recordando la historia de los pueblos; creo que esta, en particular, tiene una relevancia que va más allá de la anécdota y se convierte en parte de la mitificación de personajes provincianos que llegan a tener una presencia relevante en su entorno, y a la vez, se vuelven atemporales por sus cualidades personales y la influencia que ejercen sin proponérselos en las siguientes generaciones.

Huarás, 1960, Alfredo para los amigos y niño Alfredito para el personal de servicio.

Este ñatito ( no porque tenga el apéndice nasal detrás de los pómulos, más bien el trato coloquial de los antiguos hacia los niños, igual como en Arequipa suelen decirles coritos y en las selvas norteñas, los churres) cursaba el quinto año de primaria con 9 años calendarios.

El imberbe en mención era un pillete de vuelta y media, de apariencia tranquila, sin llegar a ser motolito; era un burlador y chacotero como no se encontraba otro igual a muchos kilómetros a la redonda.

De fácil y ágil palabra, tenía una chispa más acelerada que los automóviles transandinos. Para poner chaplines o apodos era el mejor. Para ridiculizar a los desprotegidos no había otro.

Era un maldito. Pero si le tasabas, la pinta era todo un monaguillo (que por cierto en muchas procesiones católicas le podías encontrar con su sotanilla blanca sobre faldón rojo; todo un santito el breva).

El profesor Salazar al pasar la lista mencionaba el nombre de un compañero de clases; él presuroso y con saludo casi militar contestaba ¡presente!

Y entre carpetas y cuadernos se escuchaba casi como un susurro “maticuello”.

Los compañeros aguantaban la risa, sabían quién había dejado resbalar el apodo que llegaba a retumbar en los oídos de los estudiantes, chocando en las paredes, deslizándose por los vericuetos de las carpetas hasta llegar a los tímpanos bien templados de los cómplices de este singular pillete.

Maticuello, (mati = mate) palabra quechua español, llamase así a las personas que tienen los hombros cerca de las orejas o los que tienen el cuello corto.

Para los quechuablantes el sentido conceptual es sumamente gracioso, en traducción literal en casi todas las veces no tienen la misma de significación.

Camilito, personaje de contextura gruesa para la edad que indicamos, considerado pituco provinciano, era para el gusto de Alfredo un chiquillo simplón y de apariencia casi cómica.

Sub.-oficial Mejía, instructor del curso de PRE- militar, un hombre joven de mejillas coloradas y ojos claros que había sido destacado como profesor de instrucción PRE-militar. (Estas características no son gratuitas, sucede que en la provincia se ponderaba muy bien a las personas que venían de Lima y si estos eran blancos y de ojos claros tanto mejor)

Este personaje después terminó como galancete de las señoritas en edad de casamenteras.

Una mañana soleada de invierno, teníamos prácticas de marcha y sus respectivas variantes.

La formación impecable, los muchachos con sus cristinas almidonadas sobre sus sienes, la corbata en su lugar, los botones en sus ojales respectivos, en fin el uniforme bien planchado y almidonado.

La mirada al frente, silencio absoluto, los talones juntos y claros los zapatos bien lustrados, o sea chiches, mismo cadetes.

Alumno Camilo, un paso al frente.

¡ Si mi suboficial ¡

(La sonrisa asomaba a los labios de Alfredo).

Hágame media vuelta sobre la marcha.

Camilo comienza a marchar con paso marcial, casi como un alemán con paso de ganso, pero este amigo era tan ganso, que se equivoca al dar la media vuelta y hace un giro por demás cómico, que Alfredo luchaba por no reír.

Los labios de mis compañeros resoplaban más por el sol que por el espectáculo; Alfredo hacía esfuerzos sobrehumanos para no reír, pensaba en apariciones, en ánimas en pena, perros bravos a la caza de sus pantorrillas.

Pero nada de eso pudo detener que de sus labios apretados pudieran escapar unos sonidos que se extendieron en ese silencio de marcialidad que nos provocaba las clases de instrucción PRE militar.

Alfredo apretaba los glúteos, estiraba los dedos, trataba de contener ese movimiento de las tripas que presienten que su amo tiene problemas.

Al fin sin poder controlador de sus emociones, apretó los maxilares para no reír; pero resulta que la risa venía incontenible y se filtró de entre sus dientes rebotando en los labios y exteriorizando con un sonido raro pero a la vez familiar en los predios íntimos.

Juic…juic… juic…

Las mejillas de suboficial se encendieron y pregunto: ¿quien es el alumno de risita de cuy?


EL LOCO VITO Y EL ALUVION DE HUARAS

En las alturas de Taricá, pueblito cercano a Huarás, vivía un hombre solitario, casi un anacoreta. Su hogar era una chosita de piedras y paja.

Se alimentaba con lo que la naturaleza le ofrecía, raras veces sembraba maíz para su consumo. Decían que hablaba con los espíritus de los dioses precolombinos y con los santos católicos.

Me gustaba visitarle, no pocas veces le encontraba hablando solo, al menos eso me parecía. El me decía que recibía de visitas de otros universos.

Sus relatos me fascinaban, hablaba con un lenguaje muy particular, a veces era difícil comprenderle, el se daba cuenta.

Se reía, escupía un líquido verde, de la coca que masticaba y me decía: “Niño… no te preocupes… después lo vas a entender todo” – Jajaiillaaa reía como un niño.

El loco Vito era todo un personaje por sus lares. Los pueblerinos del lugar creían que por la soledad en que vivía había perdido la razón.

Una tarde, decidí subir al monte a cazar palomas, al cruzar por un riachuelo no pude contener una sonrisa, mi imagen con la vieja escopeta relajándose en el agua asemejaba me a un ángel arcabucero. El bosque era tupido, entre los eucaliptos y los sauces revoloteaban palomas y picaflores.

Apunté con mi arma una.. dos.. y al tercer disparo que hice, apareció el loco Vito con las tres palomas que había derribado.

Con los ojos húmedos me dijo: “niño, no hagas esto, matar a las aves del Señor no es bueno” – “ellos tienen derecho a la vida” – “sin ellos los campos se verían tristes y silenciosos.”

La saliva que a duras penas se deslizaba por mi garganta, parecía llevar las palabras del hombre que tenía a mi frente.

“No te apenes niño – San Isidro les devolverá la vida, yo hablaré con el para que te perdone.”

Me invitó a su choza.

Mientras el conversaba con algunas plantas de maíz, aproveche para sentarme sobre un poyo de madera y aflojar los pasadores de mis botines. Me dispuse a compartir el resto de la tarde con el simpático loco Vito.

Sonriente se acercó trayendo unas cuantas mazorcas de choclo. Los colocó con tal destreza dentro de las brasas del fogón.

Sacó un atado de chala, lo colocó en el suelo. Se recostó encima adoptando la postura de los patricios romanos ante un suculento ágape.

Sonreí ante tal excentricidad, pero claro, se trataba de Vito; en sus devaneos alguna vez me contó que había participado en un convite romano.

“Mira niño, ¿te acuerdas del aluvión de Huarás? - ¡Sí claro! - le contesté.

“Te voy a contar algo que vi, para que tú después se los relates a tus nietos y estos a los suyos”.

“Cuando era joven subía a la cordillera para buscar hielo, ese era mi trabajo, cortaba grandes trozos, le echaba sal y luego los envolvía con ichu para que no se derritiera”,

“Tenía un burrito que me ayudaba con la carga” – “ bajábamos al pueblo para vender el hielo a los raspadilleros y heladeros”.

Mientras el hablaba las mazorcas crepitaban en las ascuas, Vito miraba de reojo y casi de memoria atizaba las brazas.

“Un día del mes de Diciembre de 1941, me encontraba por la cordillera recolectando champa y musgo para hacer los nacimientos, cuando un cóndor me dijo: ¡Vito – corre, acércate a la laguna de Cojup para que veas lo que está sucediendo!”

“Como era joven trepé rápidamente la morrena que rodeaba la laguna y ¡ pasu papá! lo que vi me hizo temblar como una hoja de papel –¡ me escondí tras un queñual para no ser descubierto!.”

El rostro del loco Vito parecía entrar en trance .

Hice una morisqueta inconsciente .

Al percatarse de mi gesto se incomodó y me dijo: “¡Niño, tú también crees que estoy loco!”

“No por favor – lo que pasa es que un mosquito me ha picado, le mentí.”

“Al llegar a la laguna”- continuó Vito - “lo que vi, me estremeció - ¡del fondo de una cueva salía un hombre descomunal! - traía en su mano derecha una filuda hacha y en la otra mano una enorme serpiente de dos cabezas.”

Vito se incorporaba vertiginosamente y luego se calmaba.

“¡El suelo rugía! – ¡con el hacha, derribaba grandes bloques de hielo y las serpientes la arrojaban dentro de la laguna! – como si fuera un alud, la cordillera temblaba, ¡tenía que sujetarme al árbol para no caer!

“ Las aguas comenzaron a agitarse - las truchas saltaban asustadas - los coshurus se desparramaban como bolitas de chiptas .

¡El cielo oscureció, y bunrun…bunrurun… las aguas como encabritadas salieron con fuerza de mil demonios por la quebrada llevando a su paso todo lo que encontraba!

El rostro vehemente de Vito cambiaba de colores, desde la alba palidez hasta el rojo rubor del éxtasis.

¡Era el aluvión niño!

“Como votando humo, bajaba hacía la ciudad de Huarás.”

¡El gigante con su hacha derribaba todo cuanto encontraba en su camino! - se zambullía en el agua y volvía a salir ladrando y rugiendo asustando a los hombres que corrían despavoridos ante la arremetida de las aguas negras y lodosas.”

“En la parte alta de la ciudad , encima del castillo de Pumacayán, aparecieron dos niños, eran San Sebastián y el Señor de la Soledad santos protectores de los huarasinos, quienes ante los ruegos desesperados de los pobladores fueron a hacer frente al titán que guiaba el aluvión.”

“Después de una lucha titánica entre los santos protectores y el gigante y sus serpientes, lograron desviar el aluvión que siguió el lecho del río Quilcay.”

“Así salvaron la ciudad antigua de Huarás”

Y después que sucedió – le pregunté curioso y asombrado.

“En el fragor de la lucha, los niños protectores lograron herir al monstruo y a sus serpientes que cuando llegaron al rio Santa se fueron debilitando y dando los últimos halitos fueron a morir en el mar”

“Desde ese día ya no volví más a cortar hielo, tenía miedo encontrarme con el ánima de ese monstruo.”

El loco Vito pausadamente se levantó de la chala, introdujo sus manos al fogón y extrajo las mazorcas de maíz algo chamuscadas, le sonreí, entonces él me dijo –“No te preocupes niño, no está quemado” – en efecto cuando iba despancando salía un aroma a choclo asado.

Compartimos los choclos con el queso que traía en mi morral, Vito cogía los rocotos de la mata y los comía como si fueran pimentones.

Sin decir una palabra más, cogió a las tres palomas que había cazado, dio unos pasos y mirando hacía un mundo desconocido se puso a conversar en lenguas que no pude entender, supuse que era un ritual en el cual yo no debería estar presente.

Tomé mi morral y mi escopeta y me retiré sigilosamente.

Allá quedaba el loco Vito en su mundo solitario y creo que feliz.

EL BATACAZO… Epistolario personal

Hola Tofi, te confieso y aseguro que sé lo que es un batacazo.

Te cuento que hace como mes y medio me caí en la Av. Abancay.

Tú sabes lo caótico que es el tráfico por acá, los paraderos son un lío; los micros que se adelantan o cruzan para ganar pasajeros.

Tenía apuro por llegar a mi casa, (no tiene nada que ver con alguna urgencia corporal) me preocupaba, pues ya se me habían pasado dos buses, cuando deje de mirar mi reloj, vi que venía el bus esperado… al correr por alcanzarlo, no me di cuenta de una jardinera en la vereda; cuando de pronto siento un golpe a la altura de la canilla…. veo que el paisaje se estremece …. aparece ante mis ojos una mole de cemento que se va acercando lentamente a mi rostro.

Extrañamente el ruido de la calle había desaparecido, todo era silencio.

Mis ojos como una cámara fotográfica, iba regulando el zoom de acercamiento, hasta que un chispazo y un tremendo sonido… como si cayera un saco de papas…. me sacó de ese trance hipnótico que me ponía a la altura de un viejo gilipollas o un niño aprendiendo a ser cojudo.

Me incorporé al toque y subí al bus, en realidad me cagaba de risa por haber tenido mis segundos de huevón, sobre todo cuando me di cuenta que mi acto desafortunado había sido espectado por todos los pasajeros.

Coñó, un poco más y me aplaudían; cuando ingresé al bus pensé que tendría que hacer las caravanas y venias respectivas…. pero ya me comenzaba a doler la frente, la nariz, mis piernas y el dedo pulgar de mi mano izquierda.

Me senté, como un caballero, saqué un libro de mi maletín, abrí cualquier página, me puse los lentes y san calladito disimulando el dolor llegué a mi casa.

Tenía la nariz raspada, de la ceja recién brotaba un líquido que parecía barniz.

Me hice el aseo obligado, porque todavía traía partículas de esa tierra donde pisan todos los sufridos transeúntes del centro de Lima.

Ahora, encarar a los amigos y alumnos contándoles lo que me sucedió iba ser aburrido.
La chacota iba a ser las primeras palabras de mis contertulios…. más no fue así.

Me di cuenta que soy un adulto venerable y ellos solamente se limitaron a mostrar su preocupación o un respetable silencio.

Porque yo…… me hubiera cagado de la risa de principio, al ver a un tipo con las cejas prominentes parecidas a Lou Ferriño, el actor de Hulk.

Ha pasado el tiempo desde ese suceso y por no ir al médico tengo serios dolores en mi dedo pulgar, pareciera ser una fractura, es indispensable ir para descartar cualquier problema.

La edad cobra facturas, no descuides tu cabeza, de repente te quebraste las antenas de grillo y no te diste cuenta.

No está demás hacerse un chequeo riguroso.

Me preguntas donde quedaba el panteón viejo, pues en la misma recta de mi casa, en el plano del recuerdo te pongo que estaba a la altura del pampón de la escuelita de Pashico, al lado vivían los Quijano, no se si te acuerdas de Lucho, Yobi y Carlos.

Tiempo después lo habilitaron como un campo de fútbol.

Se agradece por los saludos por mi cumpleaños, la pase en familia, hace unos tantos años que deje de hacer reuniones, solo hago recuentos de lo que he vivido y lo que he bebido.

Un abrazo,
Hugo

HISTORIAS DE DICIEMBRE PARA NO SER CONTADAS, Pero si recordadas

Pucho, todavía tengo esa forma de llamarte, pues en la casa de nuestros padres, mamá te decía Sheshita. Tal vez por que eras menor que yo, en fin porque eras tan pequeñito y cachetón, y de repente más travieso que yo.

El caso es, que eras el tercer hijo; el mayor había muerto antes que yo lo conociera.

Cerca de su muerte estuvo la de mi abuela Juana.

Fue ese mes de Noviembre, cuando en los ojos de mi madre apenas lograban secarse las lágrimas de pesares por la pérdida temprana de su primogénito.

Nací como enviado para paliar el sufrimiento por la muerte de mis antecesores.

Por todo eso, ahora creo, porqué mi madre me prefería.

Tal vez por que fui un motivo de alegría, entre tantos pesares; o quizás por los acontecimientos del momento; no sé.

Pero me di cuenta que tú siempre fuiste relegado del amor de nuestros padres. Sentía dolor por eso.

Entonces no podía decir nada para que ellos cambien de parecer.

No juzgo por lo qué fue, pero además la gente cercana a nuestra familia también se dio cuenta quién era el preferido, y a la sazón pasé a ser el niño principal de la familia.

Yo no elegí ese sentimiento, pero nuestro padre me privilegió, nuestra madre me pontificó, y las amistades cercanas ponderaban mi presencia como un niño tranquilo é inteligente.

Papá se vanagloriaba de un pasado imaginado en sus fantasías, el fue un depredador de la herencia cultural y económica de nuestra madre.

“Soy hacendado y tengo a mi servicio muchos indios”, decía cada vez que se confrontaba con las gentes de otros pueblos.

Confieso que en muchos momentos y en variadas circunstancias inflaba el pecho para sentirme importante y paliar algunos complejos de provinciano frente a las amistades de Lima.

El hombre me presentaba como un dibujante excepcional, como un artista en ciernes… espero que no se le ocurra pedir un papel para demostrar mis aptitudes, pensé en numerosas oportunidades

…afortunadamente nunca lo hizo.

Pero el caso es que el viejo siempre vivió orgulloso de mí, en el lugar más sagrado de su casa estaban mis cuadros originales que le obsequié con cariño de hijo, y también en reconocimiento por lo que siempre apoyo mis proyectos.

El hombre siguió paso a paso mi carrera, mis logros.

Cuando regresaba a Huarás a visitarle, era una luz en su existencia, tal vez se sentía proyectado en mí. El caso es que siempre se sentía orgulloso de lo que hacía como artista.

Además de ser Hijo ilustre y Predilecto de mi pueblo, soy un hombre creo que justo y amable.

Lucho, un hijo menor quien siempre le acompañó en sus últimos días es testigo de todo lo que escribo, dará fe ahora y siempre de lo que digo.

El también sintió ese amor extraño, pero al fin amor de padre que el hombre le prodigó como hijo último.

Me contaron muchos amigos que le vieron a mi padre con recortes de periódicos y revistas donde mencionaban mi nombre como artista y también fotos de Lucho en sus diferentes actividades que le tocó vivir, el hombre levantaba pecho por esas circunstancias ganadas por nosotros con esfuerzo.

Eso vale digo yo.

Pucho, dentro de estas expectativas, ¿Dónde estabas? Tus logros por cierto dignos de elogiarlos, nunca fuiste tomado en cuenta por el hombre – nuestro padre – ni siquiera para decir que existes.

Siempre le llamé la atención a nuestro padre para que te tomara en cuenta como un personaje que aporta a esta sociedad surrealista, difícil, híbrida, huachafa, corrupta.

El siempre calló. Tal vez presentía que tu compromiso era un tanto cándido y aprovechador de coyunturas.

Abdiqué de las prerrogativas que como hijo mayor me daba el hombre, tal vez para que te beneficies en algo que yo siempre consideré justo.

Nunca persigo las cosas materiales como un fin de vida, solamente lo justo que te da esta; en eso están los beneficios de herencia.

Es extraño, que ahora después de muerto el hombre, tengas los beneficios que jamás en el sentido común te podría haber tocado, siempre fuiste despreciado por el, nuestra madre muchas veces reclamaba con el amor inmenso que también te llegó a dar.

Recuerdo que muchas veces discutían sobre tu presencia, nuestro padre te detestaba, te ponía adjetivos que no los quiero mencionar y de repente ahora cuando el está muerto apareces como el único elegido para heredarle todo.

El hombre quien usurpó la herencia de nuestra madre, no tenía la facultad de hacer negociados sin que nosotros lo conociéramos, y menos tú para que a ocultas, realices acciones que éticamente son condenables, no me lo creo, y sobre todo que le hayas comprado la casa , sin que él haya pensado en mi y en Lucho.

Si fue así, el hombre pagará su deslealtad para con su hijos preferidos que tanto quiso y se sintió orgulloso.

Nuestra familia se va muriendo, quedamos pocos.

Tuvimos una hermana ella murió en el terremoto de Huarás, en sus nueve años de vida; siempre me admiró, como hermano y como personaje rebelde en el contexto conservador de nuestro pueblo, tú casi no existías para ella.

Si estuviera viva jamás podría aprobado lo actuado por ti.

Ahora que nos enfrentamos en un juicio en el que creo que es justo, espero que te des cuenta que lo que usurpaste son solo cientos de dólares.

Ganaste dinero pero perdiste el amor de hermano y el respeto de humano.

Debería decirte Feliz Navidad, tal vez Venturoso Año Nuevo, no puedo.

Cuando la familia se quiebra por la ambición y la deslealtad de uno de ellos, esperaremos el nacimiento de mil Mesías y mil crucifixiones para poder volver a creer.

ENTREVISTA A QUIEN CREEN QUE PERDIO LA ILUSION

¡No soy tan aguado… hombre que dices! (hay gente que recién conozco y creen que pueden criticar tu forma de ser, ni siquiera conocen tu historia de vida y son tan torpes para aventurar valores).

Confieso que cuando niño FESTEJABA LA NAVIDAD, sí, viví intensamente esa ilusión.

Recuerdo que disfrutaba haciendo el pesebre o nacimiento con la sagrada familia y demás personajes que engalanaban la instalación.

En mi familia teníamos como herencia una belleza de misterio, (mucho tiempo después me enteré que llamaban misterio a la sagrada familia) eran unas imágenes traídas de Barcelona.

Todo un chiche escultórico; con prosapia catalana, que era un deleite observarlas y tocarlas.

Encontrar detalles de las uñas en los dedos del niño Manuelito, era toda una sorpresa. Habían sido trabajados con una meticulosidad que se podía ver y palpar, ni que decir de José y María, hermosas y finas esculturas hechas en madera fina de alcanfor.

¡Tocan a la puerta!

No eran los acostumbrados pordioseros que venían cada sábado a pedir limosna.

¡Son los vendedores de champa! (vegetación de punas y bofedales)

Esa vegetación verde, traída desde cerca de los nevados, era suave, tenía una textura aterciopelada y que luego pasaban a ser el soporte principal del nacimiento. Recibirá en su aun húmeda superficie, al pesebre, a los reyes magos, a los pastores y sus ovejas y todo cuanto personaje que se ponía para adorar al niño Manuelito.

Mi padre me entregó unos papeles para pintarlo, mi trabajo consistía en transformarlos en cerritos que pasarían a rodear el pesebre.

En mis tiempos libres se me ocurrió trabajar en madera de maguey una réplica de la esfinge de Egipto.

Claro, pensé; si Jesús nació en el medio oriente, entonces el nacimiento tiene que ser en el contexto geográfico y paisajístico concerniente a esa parte del mundo - ¡Ah! con pirámides mas.

Pero si está bonito, me dijo mi tía bisabuela.

Pero nuestra tradición es hacerlo de acuerdo a nuestro paisaje. El niño es de todas partes y para todos.

Sentí sus manos finas acariciando mi pelo.

Nosotros adoramos al niño, me dijo, y nuestra identidad tiene que estar representadas en las casitas de techo rojo, en las chocitas de paja, en las ovejitas de blanco pelaje, en los pequeños ríos que nos hablan de bendiciones, en los zorzales que cantan a la lluvia, en el labrador que nos brinda los frutos de la tierra.

Mi intención solamente era hacer del nacimiento una obra distinta, que rompa con lo que consideraba repetitivo y no innovador.

Mi madre preparaba un delicioso dulce de higo - Esos aromas a canela, clavo de olor que invadían hasta los rincones más olvidados de la casa, quedarían impregnados en las columnas, en los grandes ventanales, en los patios, en los pisos empedrados, dándole una atmósfera con sabor andaluz.

En mi pueblo las misas de gallo, eran todo un acontecimiento, las habían en la noche y en la madrugada, los chiquillos que acudíamos a estos rituales gozábamos como el mismo Mesías.

Se llevaba animales domésticos para acompañar al pesebre, la mayoría acudía con sus gallos, pues solían ser los más bullangueros con sus cánticos y aleteos.

Cuando ya estaba amaneciendo finalizaba la misa.

En la plaza de barrio se armaban unas peleas con estos domésticos plumíferos. Muchas veces aparecían muchachos de otros barrios buscando competir, el alba se llenaba con el sonido de los pitos, matracas, flautas y panderetas.

Los niños corríamos alrededor de los ruedos improvisados para entrar en calor, los vapores de nuestros alientos se cruzaban dando toques grises a los rayos del sol que aparecían tímidamente por las calles del este.

Era una algarabía.

Aún me acuerdo que en una madrugada de navidad, (tendría yo aproximadamente 7 años) mi padre nos hizo escuchar un aleteo, él aseguró que era el ángel quien venía a dejarnos los regalos por habernos portado bien.

Esa mañana muy temprano, los primeros rayos solares iluminaron unos paquetes con papeles de colores que estaban al pie de mi cama.

Por tradición, en mi hogar el desayuno consistía en un rico ponche de coco acompañado con panes y galletas hecho en casa, además del pan de pascua (diferente al panetón) y los infaltables buñuelos de yemas con miel de higos.

Era una delicia.

En el almuerzo, un buen lechón asado o un cordero como plato principal, unas buenas ensaladas, un estofado de gallina, cuyes al estilo huarasino regado con una chicha de maíz morado fermentado con frutas, que se le llamaba aloja.

La mesa siempre adornada de molletes, roscas y panecillos de variadas formas que mi madre con mucho amor sabía amasar para el deleite de la familia.

Han pasado muchos calendarios desde entonces, las circunstancias en mi vida me fueron alejando de lo católico y con todo lo que esa doctrina representa.

Pero creo, que a pesar de todo, procuré transmitir algo de lo que viví, a mi hija y a mi nieta.

Sobre todo ese sentido que la Navidad no es una fiesta para lucir los mejores regalos, ni las mejores galas, sino para compartir la alegría de encontrarnos alrededor de una mesa y disfrutar que aun estamos vivos y llenos de amor.

Ahora, cuando los amigos se enteran que no me gusta celebrar la Navidad, me miran con extrañeza.

Es que perdió sentido para mí.

La magia terminó creo que en el momento cuando mi madre murió y mi pueblo desapareció.

La Navidad para mí es como un sentimiento de tristeza, tal vez de evocaciones, del sentido familiar que entonces comulgábamos, o quizás porque ya no soy mas un niño.

La tradición familiar tiene esa fuerza atávica, es como una memoria que tiene que ser preservada a través del tiempo. Ahora comprendo la implicancia de tal práctica en las historias familiares.

Por consiguiente hay que respetarlas tal cual.

La tradición es el conjunto de costumbres, creencias y relatos de un pueblo, que se van transmitiendo de padres a hijos. Cada generación recibe el legado de las que la anteceden y colabora aportando lo suyo para las futuras. Así es que la tradición de una nación constituye su cultura popular y se forja de las costumbres de cada región

El conjunto de las tradiciones de un pueblo está integrado por festividades religiosas, ritos indígenas relacionados con las leyes de la naturaleza, supersticiones, cánticos, bailes, vestimentas, juegos, músicas, comidas…

DON PRUDENCIO Y EL DIABLO

Fue una mañana de invierno muy temprano, el sol ya comenzaba a templar el frío, en el ambiente casero aún se podía percibir el olor a leche derramada, que por  descuido olvidaron retirar a tiempo la olla del fuego.

Apenas terminaba de vestirme, cuando escuché  un alboroto, en el cual se mezclaban voces castellanas y quechuas, con el ladrido de los perros, además el ruido de las herraduras de nobles brutos  sobre el empedrado del patio principal.

Llegaron los peones, pensé;  salí presuroso  de mi habitación para participar en la descarga de la cosecha que traían de la chacra.  Era una costumbre heredada de mis antepasados y después participar del ritual de matanza de carneros para el almuerzo y festejo, en agradecimiento a la tierra por prodigarnos con sus frutos.

El séquito era todo lo contrario a lo que esperaba ver, sobre el lomo de una mula  no había ninguna carga que pareciera costales, era un hombre que apenas se sostenía sobre la grupa del animal, traía el rostro amoratado, con hematomas  que apenas hacían reconocible de quién se trataba,  por las barbas al estilo de don Miguel Grau (apodo con el cual le llamaba) y por estar rodeado de sus hijos Esteban,  Ñati y Oño (Natalia y Honorata) supe que era don Pulli ( diminutivo de Prudencio ).

Con mucha curiosidad me les acerqué a preguntarles, ¿porqué lo traían atado? - como si el infeliz quisiera escapar. Entre sollozos me dijeron que había quedado así, todo golpeado y casi  como un loco después de haber tenido una pelea con el diablo.

Entre sorprendido y burlón les pedí me contasen lo sucedido, recuerdo que yo tenía 11 años,  ya cursaba el 1er. año de secundaria, tentaba ser más racional;

Mientras Esteban el primogénito de don Pulli y otros peones lo bajaban del noble cuadrúpedo, Oño nerviosa me dijo “niño, después te cuento lo que le pasó a mi taita”, salió  presurosa  en busca del cura de la parroquia, para que le haga los rezos y demás acciones que tienen los santones provincianos para librar de las acechanzas del demonio sobre estos pobres cristianos.

“Era una noche especialmente oscura, cuando mi taita después de tomar su alimentos, se retiró a su cuarto cerca del corral  de la vieja casa hacienda,  para poder estar al tanto del ganado que descansaba después de haber pastado durante el día”.

El silencio en el campo es de color negro intenso. En otra habitación dormitaban  los hijos entre pellejos abrigadores y mantas de lana, cuando de pronto escucharon unos ruidos extraños que provenían del corral,  parecía como que el ganado revoloteaba sin control. Lo extraño fue que los perros no ladrasen; asustados acudieron  presurosos al lugar de los hechos, Esteban iba por delante, Ñati y Oño le seguían pidiendo al taita Cristo que no fuesen ladrones o abigeos.

Llegaron al corral, el ganado descansaba tranquilo, un sudor frío comenzó a recorrer las sienes de los jóvenes y una ráfaga de viento helado terminó   por inquietarlos, corrieron hacia la habitación donde se encontraba su taita, al entrar  lo vieron tendido, sangrante y botando espuma por la boca, sollozando le preguntaron que había sucedido, don Pulli balbuceaba,  con mucha dificultad indicaba una puerta que daba a otra habitación desocupada, se veía un hueco negro, mientras se acercaban a indagar  al lugar don Pulli comenzó a gritar - ¡el diablo! - ¡ el diablo ! el infeliz aterrorizado lloraba y temblaba como una rama de molle en campo abierto.

Acudieron  otros peones al escuchar el barullo, la confusión por lo sucedido despertó una serie de comentarios con respecto al maligno, que este venía a llevarse en cuerpo y alma a los pecadores. Alguien creyó ver huellas de patas de gallo en el lugar de los hechos, no había duda don Pulli había tenido una pelea con el mismísimo diablo.

¡ Jesús, José y María !- tenemos que llevarle a Huarás para que lo vea el taita cura y después al hospital para que lo curen.

Pasó un tiempo, no me acuerdo si días o semanas, pero don Pulli nunca volvió a ser el mismo, no podía caminar, apenas se movía, vivía asustado y sollozaba a menudo.

Al atardecer cuando la sombra de la noche hace que los pájaros dejen de cantar y que una brisa anuncie que el sol ya se ocultó, recuerdan algunos peones que vieron a don Pulli cabalgar su mula presuroso con rumbo al río, creyeron se trataba de una alucinación, pues don Pulli se encontraba postrado y apenas si se movía. A lo lejos el aullido de un perro anuncio la llegada de la noche.

Al día siguiente cuando el sol ya comenzaba a templar el frío, al borde del río y atrapado entre unas rocas fueron encontrados los cuerpos inertes de don Pulli y su fiel cuadrúpedo. Nunca se supo que fue lo que sucedió….el diablo parece que al fin se había llevado el alma del cristiano a la condenación eterna en el reino de las tinieblas.

“el modo de vivir de los campesinos en comunión con la naturaleza hace de estos seres  estar más cerca de la vida pero también más cerca de la muerte. Las manifestaciones culturales hacen de su existencia un paisaje lleno de magia pero también  de conflictos. El compromiso religioso es un tema ampliamente difundido, simultáneamente las prácticas animistas le dan un toque de exotismo lleno de metáforas y poesía. El querer ser un ente urbano establece una brecha entre nuestra forma de pensar y la de los pueblos llamados más primitivos; el constructo de  la cosmogonía andina y el sincretismo religioso  lo consideraba solamente como cosa de indios”.

FE DE RATAS

No me sorprendí al escuchar el otro día, cuando alguien comentaba que en Lima convivian con nuestra miseria humana algo así como 56 millones de ratas, 7 por cada infeliz que nació por estas tierras (si fuésemos chinos, con la pobreza y el hambre en un día se daba cuenta con estos animales).

Como es sabido éstos habitan en las cloacas, jardines publicos, casas, casuchas y por tanto son un peligro latente, estos transmiten enfermedades que pueden arrazar con poblaciones íntegras, el problema se agudiza cuando muchos de estos despreciables roedores se mimetizan con funcionarios públicos, con politicastros, militaruchos, abogaduchos, mogollón de profesionales y público en general, y como andamos tan distraidos pensando en vivir el día a día, nos damos cuenta solo cuando nos dejaron sin soga ni cabra. Pero es que la voracidad ratuna no tiene límites, además para desgracia tienen inteligencia y se asocian para delinquir. Aprendieron en sus escondrijos a utilizar el serrucho, la trampa (paradoja, ahora ellos nos ponen a los humanos) y al cotilleo mal intencionado, siembran desconcierto para cargarse con todo el botín. Estos andan casi siempre en cofradías.

Afortunadamente, gracias a un tío (cuyo nombre lo reservo por seguridad) ha descubierto la manera de identificarlos, es muy sencillo; debeís tener un buen sentido de observación, cuando veas a un grupúsculo de personas que caminan cuchicheando y con los hombros un tanto subidos sobre el eje de la clavícula, ¡ajá! ya es un indicador que identificaste a las ratas con apariencia humana. Bién, ahora asegúrate que se encuentren distraidos, acércate con mucho disimulo para observar detrás de la oreja derecha, ni respires, que puedes ser delatado por tus emanaciones túficas; si ves un solitario pelo blanco, tieso y largo, entonces ¡ felicitaciones ! descubriste a uno de estos miserables. Toma nota del desgraciado, si tienes celular (de comer puede faltar, pero celular ni de vainas) tómale una foto y envíalo por correo a todos los que te sea posible. Es una tarea un tanto complicada, pero es la única manera de poder identificarlos y exterminarlos a garrotazos en las avenidas más concurridas, para no escuchar su gritos (por la tremenda bulla del servicio de transporte público) y de paso aprovechar las zanjas abiertas por un alcaldecillo para darles “cristiana sepultura”.

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